Renacimiento.

 

 

Renacimiento está concebida como el elemento final de un tríptico. La primera de las óperas que lo integran, Taxi (2003), nos sumergía en un viaje interior a través del cual la protagonista, físicamente desdoblada en una cantante y una bailarina y guiada por un actor-taxista, experimentaba como mujer los límites de su propia realidad. La segunda, Fonía (2004), enfrentaba a sus dos protagonistas masculinos, un cantante lírico y un cantaor flamenco, con la resbaladiza cuestión de definir el amor.


Ahora, Renacimiento cierra el círculo volviendo a una protagonista femenina, entera, sola y cotidiana, que vive una situación, de nuevo, de viaje; sólo que ahora se trata de un viaje exterior. Sufre, divaga, y un sueño le enseña las claves para iniciar su particular proceso de “renacimiento”. El amor como estado concreto, no necesariamente aplicado a nada ni a nadie sino como vehículo de lucidez y crecimiento personal, es su herramienta.

 

Algunos textos musicales del Renacimiento español se abren paso entre un tejido sonoro aparentemente muy sencillo.