Con-sumo placer.

Dedicada a Jean Pierre Dupuy

 

Históricamente, una de las más poderosas propuestas éticas de nuestra sociedad era la de negar el principio del placer. Todo lo placentero era, o bien directamente pecado, o bien algo inmerecido a lo que había que renunciar. Así se fomentó una bien nutrida cantera de mártires que, enarbolando la bandera del sacrificio, padecían sin fin en este valle de lágrimas.

 

Pero al menos las cosas parecían estar claras. Ahora en cambio este tema se ha complicado un poco. Vivimos en plena sociedad de consumo, y eso de renunciar al placer no resulta demasiado rentable. De hecho, basta con que volvamos un momento la cabeza para que alguien coloque la etiqueta de “placer” sobre cualquier cosa y la disponga atractivamente detrás del escaparate de turno. Se comercia con el placer apelando a nuestros cinco sentidos y, si no son suficientes, a nuestra imaginación.

 

Mientras tanto, los desorientados seres humanos se preguntan, por ejemplo, por qué ese chocolate maravilloso que anuncia la tele a todas horas es un pecado, y es muy probable que, tras comérselo, terminen en el psicoanalista. Será todo un placer intentar plantear con música esta situación, tan lamentable y, en el fondo, tan ridícula.