Contemplando Las señoritas de Avignon.

 

 

Al comenzar a mirar un cuadro todo parece quieto, inofensivo, definitivamente ajeno.

 

Si tu mirada se prolonga durante tiempo suficiente, poco a poco te va invadiendo la inquietante sensación de que el cuadro cobra vida. Mientras eso ocurre, tu propia textura y tu pial cambian y se van asemejando más y más a la de la pintura a medio secar.

 

Finalmente, cuando consigues superar el vértigo, comprendes que ese cuadro y tú sois una misma cosa.